Seducido por mi dama

Jonás había comenzado a rellenar su decimoquinta cuartilla. La grafía vertiginosa, apasionada y excéntrica no admitía duda, navegaba por los mejores momentos de la inspiración.

Sonaron unos golpes en la puerta del piso.

Una sugerente música de Juan Sebastián Bach creaba una atmósfera de ensueño en su habitación de estudio y encendía sus neuronas excitadas.

Insistía una y otra vez la maldita llamada, como una navaja, cortando a tajos el aliento de las musas.

En medio de un arrebato de cólera arrojó el bolígrafo sobre la mesa y se levantó a abrir.

Su mente volandera tardó en descender y percatarse de que aquel joven de ojos delirantes que acababa de penetrar en su casa no era la encarnación de una diosa, ni su tedioso compañero de la Facultad de Periodismo.

–Eh, pringao, vamos, saca ahora mismo todo el dinero y ponlo sobre la mesa –su hablar trapajoso se apoyaba en el movimiento convulso de la pistola.

Jonás continuaba en el limbo como si viera en aquel joven un personaje de su fantasía hecho presente ante su autor, hasta que el brutal estampido de un disparo inmediato convirtió en un infierno de pitidos sus oídos y trasformó el televisor de veinticuatro pulgadas en un cajón de chatarras humeantes. Bach no se aturdió lo más mínimo, siguió entrelazando melodías inmortales a través de los altavoces del equipo de sonido, aún incólumes. Hacia esa zona apuntaba ahora el estrambótico visitante con manifiesta virulencia.

– ¡No, no! –se interpuso Jonás con los brazos en alto– ¡Mis discos, ni hablar! ¡Ahora mismo te doy lo que me pidas! Dinero, joyas…

– ¿Qué dices, majadero?

– ¡Las mejores orquestas del mundo! ¡Mi música, ni la toques!

– ¿Te atreves a darme órdenes? – se enfureció.

– Por favor…

– Me importan una leche tus discos y tu música– le soltó con voz de mafioso inconsistente cerrando un ojo y tensando el brazo con el arma.

– ¡No! ¡Espera!

La música comenzó a llamar la atención del drogata, que abría la boca para oír mejor, dejando entrever sus dientes corroídos y sus cadavéricas encías.

Jonás advertía aterrado que el exaltado atracador no apartaba el arma de su campo de tiro. Se cruzó un instante con sus ojos encendidos por los fulgores del mono y observó despacio su cara amarillenta de pollo muerto y desplumado entroncada en un alargado cuello de pajarraco macilento.

– Deja de apuntar, por favor…

– ¡No espero más! – se impacientó apretando el gatillo.

– Voy por el dinero, pero antes escúchame un momento.

– ¡Nada de eso!

– Por favor, escúchame. Sólo unas palabras.

– Vale, será tu última voluntad.

Jonás tragó saliva e intentó darse ánimo buscando un hueco confortable entre el calor de las musas.

– ¿Qué nos está pasando…? – se le ocurrió al pariente próximo de “El Ingenuo” de Voltaire –. ¿Por qué estamos frente a frente aquí en este momento, tú con esa pistola y yo con mi música y mi miedo a desaparecer para siempre con un trozo de plomo en la cabeza? ¿No te parece una escena demasiado patética la que estamos representando?

En el acto, sin soltar la pistola, se subió la manga el caco con gesto violento y le mostró el brazo timbrado con el sello de sus amores, su inseparable viuda negra, la heroína. Una tentativa de sonrisa parda amaneció en el lado derecho de sus labios de momia.

– Esta es mi amante, ¿me entiendes, niño pijo? Mi musa, mi dios y mi razón para apuntarte –le dirigió el arma a la cara y el joven escritor se puso lívido–. Tengo que vivir siempre con ella ¿te enteras, tío finolis?

Emitió un suspiro corto y continuó mientras bajaba unos centímetros la dirección de la pistola:

– Si al menos pusieras música de Camarón

– Vas a durar menos que él.

– ¡Me da igual! – se sobresaltó –. Viviré flipando entre nubes de colores.

– Yo también flipo en colores, tío, pero fliparé más que tú porque viviré más tiempo.

– ¡Déjate de monsergas, tío capullo!

– Yo también soy adicto – le sorprendió.

– ¿Qué dices, niño pijo?

– Mi droga es la música…

– ¿Oh, si…? – lo despreció.

– ¡Escucha eso que suena ahora mismo! – le indicó valeroso –. Ella no me exige nada, sólo regala mi oído y estimula mi inspiración. Mira lo que he escrito – le mostró una cuartilla y leyó: – «siento la vida volar por mis venas como un fuego áureo y denso, como un escuadrón de jinetes relucientes que…»

– ¡El dinero! – le cortó en seco.

– Vale, hombre. Sólo pretendía…

– ¡Vamos! – lo empujó con el cañón.

– Voy a buscarlo en la habitación de mis padres.

– Cuidado con lo que haces, que me quedan todavía cinco balas – lo siguió.

Abrió la mesilla de noche.

– Toma, esto es todo lo que hay en casa.

Le arrebató de un zarpazo el puñado de billetes y lo guardó, embarullado, en el pantalón.

– Bien. Ahora, las joyas.

– ¿Las joyas? Espera, voy a…

Sonó el llamador del interfono.

El ladrón levantó la cabeza, histérico.

– ¡Quién es!

– Ni idea. Voy a preguntar.

– ¡No! ¡Quieto!

– Tranquilo.

El interfono insistió de nuevo.

–Venga, sal, vete ya, hombre. No te complique más la existencia.

– No se te ocurra llamar a la poli, ¿eh…?

– Guarda esa pistola, y ya sabes, deja a esa araña negra de tus amores, y engánchate a la música, tío.

Salió rápido con su botín, animado por una agria sonrisa de satisfacción.

Jonás cerró la puerta y se echó en el sofá en medio de un suspiro de caballo. Todo le daba vueltas, como si aún no hubiera despertado de una pesadilla. Bach había enmudecido. Al  instante llamaron otra vez, pero él no se movió.

– ¿Quién?

– Ábreme de una vez, hombre – gritó una voz conocida.

– Pasa…

– Llevo una hora llamando. Temí que te hubiera pasado algo.

– ¿Una hora…? ¿Te has cruzado en la escalera con un tipo chupado y feo como un camello famélico? – preguntó Jonás con cara de alucinado –. ¿No llevaba un rescoldo de luz nueva en sus ojos vencidos?

– ¿Qué…?

– ¿No has notado en su rostro algo nuevo? Lleva la marca de la música.

– ¿Qué dices, hombre? Yo no he visto a nadie.

– Si acaba de salir ahora mismo – le gritó.

– Tú estás tocado, ¿eh?

– ¿Tocado?

Volvió a elevarse al carro de la literatura y dijo con expresión de lunático:

– Su vida se desvanece como arena entre los dedos, de espejismo en espejismo va recorriendo desiertos.

–¿De quién hablas, tío? Baja ya de las nubes, sal de la ballena, por favor.

Sin inmutarse, continuó como si leyera en voz alta sus últimas líneas aún no escritas:

– Estoy seguro, lo noté en su mirar hundido al salir de aquí. Lleva su botín, sí,  pero está atrapado, seducido mi Dama, la música….

– Pero, Jonás – lo zamarreó con fuerza el amigo cogiéndolo por los hombros –. ¡Estás viendo fantasmas!

– Ha estado aquí hace un instante, te lo aseguro. Le he dado el dinero que había ahí – se acercó a la mesilla y regresó con el puñado de billetes.

– ¿Qué dinero le has dado, Jonás?

– No, no puede ser.

El amigo cogió el mando a distancia para ver la final del torneo de Roland Garros.

A sus oídos llegó el jadeo apremiante de las jóvenes tenistas y el golpear tenso de las raquetas. Miró la pantalla intacta del televisor. Se llevó las manos a la cara y se echó a temblar sobrecogido… Buscó sus últimas cuartillas… Las leyó jadeante.

Todo estaba allí.

 

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