La raposa y el espantapájaros

Sobre el ancho campo sembrado iniciaba su labor cada mañana el modesto espantapájaros. Las aves, asustadas y curiosas, revoloteaban a su alrededor, observando su cabezota grotesca y sus amenazadores brazos en cruz como un niño travieso castigado en la escuela de posguerra.

Bajo su atenta mirada el sembrador esparcía cada otoño la semilla sobre la tierra de cultivo. El fiel espantapájaros renacía entusiasmado contemplando la joven campiña subir y subir lentamente, ataviada como una novia con su flamante vestido esmeralda. Y con la primavera  aspiraba lleno de gozo el aroma fresco de los brotes florecidos.

Era, sin embargo, su mayor disfrute sentir sobre su cuerpo cansado, en suaves pinceladas, la caricia y el rumor agradecido de las espigas ya maduras mecidas por la brisa del atardecer. Su arduo trabajo había merecido la pena, la defensa del sembrado, un año más, había dado sus frutos.

Cada temporada soportaba con gallardía los inviernos rigurosos con su cuadrilla de gélidos temblores y persistentes humedades, y resistía valerosamente los sofocantes calores del verano.

Pero los inevitables desastres del tiempo habían dejado huella en su cuerpo contrahecho. Aquellos huesos de caña nueva perdieron su natural consistencia, su piel de paño barato mudó su primitiva textura, y sus carnes, antes de paja apretujada, hoy blanda y fofa se tornaron.

Una anciana zorra, de andares reumáticos y movimientos inciertos, se reunía todas las tardes con su viejo amigo el espantapájaros y conversaba pausadamente con él. Ambos se contaban recuerdos remotos, algunos felices; la mayoría, batallas de antaño, tantas veces perdidas.

« Yo… en mis tiempos… »

Angustias y temores de la zorra, peligros constantes, escapadas furtivas para procurarse la comida diaria y esquivar a los cazadores, los dientes del lobo, el aguijón del alacrán traicionero…

Cuánta lluvia –le refería el amigo–, y sobre todo, cuánto viento sobre sus piernas de palo había resistido él para complacer a su dueño y hacedor, poderoso labrador de la región, cuyas tierras, de por vida, le encomendó cuidar.

Una tarde, a la hora acostumbrada de la despedida, el espantapájaros le rogó a la amiga raposa que no se marchara, que se quedara con él hasta la noche. Tenía miedo. El vendaval del infortunio, un pájaro violento de alas negras, había llamado con insolencia descarada a su puerta. Sentía que su cabeza de tela y esparto vacilaba sin gobierno sobre sus quebradizos hombros. Presentía que tal vez…, tal vez fuera la última noche de su vida, y no quería estar solo.

La leal compañera aceptó con el corazón apenado tan dolorosa invitación. Continuaron, como cada día, mostrándose, nostálgicos, las cicatrices de un pasado joven, lejano en los años, no en sus  recuerdos:

“… Parece que fue ayer …”

La voz del espantapájaros se agotaba por momentos aunque no abandonaba la conversación. La zorra lo advertía y le hacía amables gestos para que descansara, pero él, temeroso de callar para siempre, seguía confiándole a la compañera sus últimos recuerdos.

Hasta que una despiadada ráfaga de viento – aquella ala traidora que veía en sus sueños de terror – le arrancó de cuajo su inconsistente cabeza de trapo, rodó por el suelo de labranza y quedó mirando fijamente las estrellas.

La acongojada zorra, que escuchaba con veneración las palabras del amigo, se sobrecogió de espanto ante final tan brusco. Confiaba verlo apagarse quedamente, despedirse de ella sin prisa. Todo fue demasiado rápido y la losa del adiós definitivo cayó sobre su ánimo como un peso de siglos.

Temblorosa, se aproximó a él como nunca lo había hecho hasta el momento. Pues siempre mantenía con el señor espantapájaros una reverente distancia. Ahora lo contemplaba tal cual era, sin los velos del respeto y la palabra.

Con su cabeza de espantar caída, muerta de risa fría. Su inconsistente cuerpo de fantoche desvalido y seco, arruinado por el sol eterno de veranos interminables, como un antiguo estandarte de simulada grandeza. Sus huesos de caña carcomida, su ropa inservible de estático bufón, profesional del miedo tierno contra los esquivos pájaros del cielo. Obligado por su amo desde su creación a ser fantasma de paja recortado a su medida, a mantener el gesto pavoroso, mueca de llanto callado.

Lloró sin lágrimas la zorra pelleja junto al cadáver tibio de su amigo el monigote.

Hasta que la visitó el sueño y cayó rendida a sus pies en un velatorio de amores imposibles sobre praderas florecidas. Un cortejo de grillos enamorados arrulló con su canto continuo su negro sueño.

En un árbol cercano cantó el búho desvelando a la noche fría y también a la recatada zorra, que despertó con todos sus huesos doloridos y la embestida amarga del desconsuelo.

La luna salió redonda y emprendió, sigilosa, su camino de siempre; se paró un instante  sobre  el cuerpo inerte del espantapájaros y …

De pronto, al abrir la raposa sus ojos soñolientos, le pareció ver, sobresaltada, cómo sobre los hombros de su amigo sonreía una cabeza nueva, un círculo resplandeciente de luz pálida. Su alegría fue tal que se le alteró el pulso y sintió en su pecho un palpitar incontrolado, al tiempo que observaba extasiada la luminosa cabeza que se elevaba lentamente clareando la noche…

En su achacoso corazón saltaron irremediables todas las alarmas y sólo pudo exclamar:

– ¡Espérame, que me voy contigo…!

Bajo el manto tenebroso de la noche millones de ojos contemplaban, conmovidos, el insólito cuadro de una vieja zorra abrazada a los desvalidos pies de un tosco espantapájaros.

Los campesinos retiraron a la mañana siguiente los inútiles despojos, los echaron sin miramientos al estercolero y allí se fundieron los dos con la ayuda de las llamas, que los vistieron amorosamente, de rojo, ámbar, y negro inmortal.

 

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