La luz que encendió Melimba

Balada por los humanos del Sur

 –¡La he visto! ¡He visto La Bestia! –anunciaba al pueblo con ojos de espanto la joven Melimba.

Nadie reaccionó. Una mirada terrosa de indiferencia resignada recibió por respuesta.

–¿Pero qué hacéis? ¡Se acerca cada vez más! ¡Nos va a devorar a todos!

Como si hubiera hablado a estatuas impasibles, inmunes a toda posibilidad de sobresalto, ninguno se inquietaba.

–¿Qué os pasa? –sollozaba la chica presa de la consternación– ¿Por qué os quedáis ahí parados? ¡Debemos hacer algo, o La Bestia acabará con todos nosotros!

Entonces, una anciana consumida, de piel quebradiza y pelo arcilloso, se adelantó despacio, y, con gesto cansino, le ofreció un modesto pañuelo.

–Toma, límpiate las lágrimas y no llores, Melimba, no merece la pena.

–¿Que no merece la pena?

La joven, como atrapada dentro de un mal sueño, no daba crédito. Sentía un ahogo pesante en su pecho, aplastada por la irritación y el desaliento que le causaba ver a aquellos seres ensartados en las redes de la fatalidad.

–Ya no hay forma de escapar, hija­ –aclaró la anciana– .Vamos hacia ella, hemos entrado en sus dominios y nos atrae como un remolino irresistible.

–¡Nada de eso! ¡Todavía podemos luchar! ¡Venga, moveos!

Pero la gente, como los bloques de granito que punteaban sus hermosas montañas, permanecía impasible y silenciosa, con el sello de la indolencia en sus pupilas reflejado.

Entonces Melimba abrió sus ojos grandes, capaces de encender la noche, y comprendió el alcance de su tragedia: era eso, estaban sumidos en aquel sopor paralizante porque habían sido contaminados por el aliento de La Bestia, que, semejante a un pulpo de dimensiones incalculables, extendía sus múltiples tentáculos, empujando a millones de vidas hacia la tumba.

Era en las tierras calientes del sur donde La Bestia encontraba el clima propicio para desarrollar su plan de exterminio. No devoraba de inmediato a sus víctimas, pues era alérgica a la grasa. Empezaba por debilitarlas. Perdían peso, deambulaban sus cuerpos como momias esqueléticas, los ojos abultados de tanto otear aquel oscuro túnel sin retorno. Sólo cuando eran piel y huesos, cuando, abatidas por la calamidad, caían rendidas de debilidad extrema, abordaba el monstruo a sus presas y las hacía desaparecer en el pozo negro de sus fauces.

Muchos jóvenes, para no ser atrapados, arriesgaban sus vidas en un intento desesperado por llegar, cruzando desiertos y mares, donde no pudiera alcanzarles su poder destructor. Pero la mayoría no consiguió su propósito. Unos, tragados por las olas, y otros, arrojados de nuevo a los dominios de La Bestia por los humanos del norte, que en modo alguno consentían que se perturbara su bienestar.

No inquietaba a los habitantes de las tierras frías que un monstruo de tales proporciones asolara una parte del Planeta, pues estaban habituados a oír y a ver siempre las mismas tragedias, ocurridas en escenarios muy alejados de sus ámbitos de seguridad.

Sólo algunos humanos como Melimba –sensibles a los estragos que causaba–, comprendían la verdadera dimensión de aquella catástrofe y se rebelaban.

Organizaban manifestaciones y campañas de protestas exigiendo medidas urgentes, a lo que respondían los guardianes del norte arrojando contra ellos las fuerzas del orden. Pero, ante el alboroto desatado, decidieron convocar a los expertos, elaborar detallados informes, celebrar banquetes de trabajo para determinar el alcance de aquel evento. La conclusión a la que llegaron, tras sesudos análisis, fue que invertir en aquella catástrofe lejana no era rentable, ni económica, ni políticamente.

Por su parte, los jefes de las tierras del sur, que sentían en sus propios territorios la acción destructora de La Bestia, tampoco se inquietaban gran cosa, pues ellos y los suyos se veían libres de la desgracia. También argüían que era un mal inevitable y que, como se cebaba en los débiles y enfermos, ejercía una necesaria labor de renovación de la especie.

Los grupos de personas sensibles a la gravedad del problema, además de hacer valer su vigorosa protesta, organizaron cargamentos de emergencias y los llevaron a aquellos lejanos lugares para contrarrestar la acción de La Bestia. Y fue entonces cuando descubrieron la terrible verdad:

Aquel maléfico engendro asentaba sus raíces en las fértiles tierras del norte.

Y corrió, como un incendio voraz, la negra noticia, la verdad desnuda prendió en la masa de los oprimidos, y fue el comienzo del despertar de su pesadilla:

–Entonces, no es una calamidad inevitable –se decían mirándose los unos a los otros.

–Ni una maldición de los dioses –erguían sus cuerpos escrutando el cielo.

–No es una marca del destino –levantaban los puños airados.

–¡La Bestia nace en las frías tierras del norte! –coreaban su indignación.

Y el abatimiento de los débiles rompió todas las trabas.

Y la luz que encendió Melimba en aquel desierto de tinieblas convergió con el sueño utópico de otras luces, y, aunadas en una llamarada ingente, aventaron las sombras de la conformidad, sacudieron conciencias adormecidas y levantaron un mar de rebeldía en el corazón de los pueblos oprimidos.

Fue cuando tronaron sobre el polvo de la miseria las trompetas de la insurrección, y los humanos de las tierras cálidas despertaron de su letargo de siglos y pusieron en pie su dignidad caída.

Una marcha gigantesca, una manifestación planetaria, enarbolando las banderas de la esperanza y la utopía, emprendió el camino hacia las tierras del norte. Cientos de miles, millones de seres humanos, hambrientos de justicia y de pan, avanzaban como una marea  devastadora hacia las seguras playas del bienestar.

Saltaron las alarmas en todas las embajadas. Hubo una convocatoria urgente de los señores de la guerra y decidieron preparar de inmediato sus artefactos de muerte. Había que detener aquella catástrofe que amenazaba como una plaga bíblica con arrasar todo cuanto encontraba a su paso.

Era preciso el uso de la fuerza para conjurar el inminente peligro.

–O ellos, o nosotros; eh aquí el dilema –concluían en su lúcido dictamen.

Los invasores debían perecer, pues los humanos de las tierras del norte tenían todo el derecho a disfrutar de la propiedad de sus bienes, sin que nadie venido de fuera se los arrebatara.

Pero entonces surgió la contrariedad, ¿dónde encontrar armas capaces de destruir a millones de personas? Se podrían lanzar bombas nucleares, pero se corría el riego de que los vientos del sur llevaran la contaminación radioactiva a los países del norte.

La gran masa de los desheredados del mundo avanzaba imparable hacia las puertas de la prosperidad.

–No importa, distribuiremos caretas a los nuestros hasta que se desvanezca el peligro.

–Cuando acabemos con la masa de indigentes, viviremos sin sobresaltos. ¡Todos ricos disfrutando plenamente de nuestras riquezas!

Pero un pensador clarividente levantó la mano y dijo:

–Si mueren todos ellos, ¿quiénes trabajarán para conseguir nuestras materias primas? ¿Dónde venderemos nuestros productos?

Una nube de inquietud se instaló en las lúcidas mentes de los que proponían la solución del exterminio

–Hay que reconsiderar el asunto de la aniquilación general. Podría traernos consecuencias nefastas –recapacitaron.

Entonces los hombres de las tierras frías se vieron obligados, muy a pesar suyo, a cambiar de estrategia, a idear y poner en práctica un nuevo sistema en el que se contemplara la erradicación de La Bestia, pues dedujeron que, si el monstruo o las bombas acababan con todos los humanos del sur, peligraría su desarrollo y su propia supervivencia.

Con una solemne promesa anunciada a todo el mundo se detuvo la gran marcha, pero sólo para acampar a las puertas de la abundancia, mientras constataban la realidad de lo prometido.

Los insurgentes de la Tierra no se quedaron de brazos cruzados, y elaboraron un plan, un orden diferente que eliminara las fronteras de la desesperanza, un nuevo modo de desarrollo, que tuviera como meta la globalización de los bienes de la tierra.

Y las potencias del mundo, presionadas por la fuerza real de la insurrección y por su propio instinto de supervivencia, se vieron obligadas a aceptarlo, y a poner en práctica medidas concretas para que todos los humanos tuvieran acceso al trabajo, al pan y a la justicia.

Y en la noche de la Humanidad despuntó un nuevo amanecer, un sol de prosperidad alumbraría la Tierra, y todo llegaría a ser tan diferente, que esta fábula sería leída como una leyenda de otros tiempos, como una vieja maldición acaecida en un mundo felizmente olvidado.

 


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