La doncella de los mil años

EL Destino, Señor de señores y Dios de dioses por siempre jamás, perdió su calma y la medida exacta de su ser natural cuando contempló por primera vez aquella bellísima criatura, obra perfecta del Cosmos.

–Hagamos una mesa común en la que yo me sacie de tu presencia y de tu amor y alivie el discurrir eterno de mi tediosa existencia –la invitó Cronos.

Sin esperar respuesta, en aquel instante de su acontecer perdurable, la tomó como principal favorita y la llevó a las suntuosas mansiones de su palacio, desde donde preside la evolución perpetua de las galaxias y marca su ritmo orbital a legiones de cuerpos celestes.

Le puso por nombre La Única, y suspendió para ella su propia regularidad devastadora y detuvo su continuo quehacer silencioso durante mil años. ¡Mil años, intacta! Un milenio de belleza inquebrantable, de frescura y lozanía esplendentes! Así permaneció, como el difuso atardecer que cerró sus limpios ojos, émulos del sol.

Pasado aquel milenio de gozosa compañía, durante el cual ella descubrió también las debilidades de su augusto señor y la mezquindad de su caprichosa existencia, tras aquel prodigioso paréntesis, EL Destino se olvidó de La Única y se prendió de otra doncella, una de esas inigualables criaturas que engendra el universo sólo cada mil años.

¡Ay, las veleidades del Destino!

Pero la primera, ¡oh prodigio!, pese al abandono y la desprotección de su señor, permaneció espléndida como el primer día. Como un rescoldo de fuego eterno a prueba de ingratitudes y traiciones, la doncella había quedado inmunizada contra los olvidos y las infidelidades dEL Destino.

Revestida de aquel poder que la hacía indestructible, La Única descendió de la Altura y volvió a convivir con los humanos.

Tras tantos años de ausencia le costaba adaptarse al ritmo de la Tierra, al estrépito de las ciudades y su aire irrespirable, a la prisa y al caminar ansioso de la gente. Decidió entonces buscar la paz y el sosiego en la aldea más perdida de la montaña. Allí, al pasar delante de una puerta, oyó gemir a una mujer que se quejaba de su mala suerte.

«Acabo de enterrar a mi marido. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Quién cultivará el huerto y cortará la leña? ¿Cómo sacaré adelante a mis hijos?»

– Todo tiene remedio si sabemos tomar las medidas adecuadas.

– ¿Qué puedo hacer? EL Destino se me echa encima, me hará cada vez más vieja y  nadie de fijará en mí.

Entonces le reveló su secreto:

Yo conozco bien a ese Señor.

– ¿Quién?

EL Destino.

Se acercó al oído y le confesó:

– Él cree que gobierna, que determina cada instante de nuestra existencia, pero es falso. Todo transcurre al margen de él. Debes librarte de su tiranía, su poder es ficticio. El pasado no existe, el futuro aún menos. ¿Qué nos queda entonces? Sólo el presente, la vida, con su carro lleno de posibilidades infinitas.

La campesina aceptó de buen grado su consejo y se recuperó de su desolación. Se puso al instante a trabajar y comprobó, ilusionada, que su vida comenzaba a renovarse cada día.

Así continuó por los campos y pueblos compartiendo su secreto con todos, aconsejándoles que vivieran alejados de las preocupaciones de tiempo. Nadie ni nada deciden allá arriba vuestra existencia, todo está en nuestras manos. No hay ningún tiempo señalado en ninguna parte.

Habiendo llegado a oídos de Cronos el comportamiento impío de su antigua doncella, decidió vengarse, e hizo caer sobre la misma los más crueles azotes de sus más fieles aliados: el viento, la lluvia, la devastación y la enfermedad. Tal fue el poder desplegados por los dioses amigos de Cronos, que la joven, antaño espléndida y más bella que la luna, comenzó a debilitarse sobremanera, hasta el punto de que cayó rendida a las puertas de la muerte. La Dama Blanca esperaba, anhelante, la última señal para llevársela consigo al reino de la nada.

Pero entonces renació en Cronos el rescoldo del afecto milenario compartido con ella y quiso reanudar los esplendores de aquel prodigioso milenio.

– Te restituiré tu antigua belleza y tendrás de ahora en adelante mi amor eterno.

La mujer, pese a su lamentable estado, no se dejó seducir por palabras tan halagadoras y prefirió renunciar a un cielo de prosperidad por ser fiel a lo que había anunciado a los humanos: caminar por la vida sin hacerle caso a la insinuaciones dEL Destino.

Fue entonces cuando aquellos hombres y mujeres, reconociendo su gran valor y su compromiso firme con la palabra dada, desafiaron las amenazas dEL Destino, curaron con esmero sus heridas y volvió a estar sana y fuerte.  Y recuperó su antigua belleza, y la amaron y respetaron como a unos de los suyos, comprobando así con enorme regocijo que era verdad, que habían ganado su primera y definitiva batalla al Tiempo.

 

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