El loco Ódreuc

Vivía Ódreuc de la compasión del vecindario. Hoy un portal, mañana una cochera abandonada o un rincón del parque constituían su propio dormitorio, su peculiar salón de estar, su primera y segunda vivienda.

Hablaba con voz queda, a veces ininteligible, como si se expresara en una lengua desconocida o, tal vez, en todas las lenguas del mundo, pues quien de verdad se detenía a escuchar sus palabras lo entendía.

Nadie conocía sus orígenes. Se rumoreaba que llegó a ser un científico afamado y que fue a causa del estudio y la lectura como  perdió el juicio.

Era delgado y de respetable estatura, aunque algo cargado de hombros. Abundante pelo gris y enmarañadas patillas blancas enmarcaban su cara, habitualmente pálida. En ella destacaban sus ojos de lunático que destilaban inteligencia y ternura.

No era Odreuc, no, como algunos vagabundos que, consumida su dignidad, caminan con el rostro hundido y la cabeza gacha. Guardaba el equilibrio, mantenía íntegra su dignidad. Sostenía con argumentos sólidos su pensamiento, y al mismo tiempo escuchaba con máxima atención las razones de su oponente.

Casi siempre devolvía el socorro que le ofrecían los viandantes con una sentencia, una adivinanza, o simplemente con una historia real o inventada, quién sabe… Era con lo único que él podía pagar los favores – moneda sin brillo, pobre e inútil como su dueño, vagabundo solitario.

Cierto día  pasó junto a él un anciano de aspecto severo, encorvado por la impotencia de su cuerpo quebrado, que soportaba a duras penas el peso de tantos seres queridos muertos. Lo miró con sus ojos de iluminado y le gritó:

– ¡Te quiero, testigo vivo del tiempo!  ¡Aleja de ti, hermano, la serpiente de melancolía! Cada segundo de tu vida es toda tu vida…

El viejo ni siquiera giró la cabeza, concentrado en contener el río seco de lágrimas que se deslizaba en su interior…

Incansable peregrino de la luz, se afanaba en aclarar las continuas oscuridades de la existencia, lo que rara vez conseguía, obligándole a navegar en las intranquilas aguas de la duda. Su obsesiva búsqueda de la verdad, casi siempre no encontrada, moldeó su pensamiento y su propio carácter, habitualmente escéptico, si bien nunca la amargura empañó su espíritu abierto.

En ocasiones desaparecía de la ciudad y nadie sabía de él durante largas temporadas. Era cuando Ódreuc escapaba de la jungla de motores hambrientos y ruidos infernales y se refugiaba en el campo.

Le encantaba tirarse bajo los troncos verdes de maíz crecido, que vigilaban altivos desde sus penachos, mientras él reposaba abrazado a la tierra, sosegado, aspirando su olor a madre. Conversaba con los árboles, les confiaba sus inquietudes, los acariciaba y recitaba junto a ellos su retahíla de salmos inconclusos.

Rara vez se alimentaba de carne. No podía soportar la idea de la muerte. Su locura llegaba a extremos como a pedirle perdón a la lechuga que arrancaba para comérsela, o a mimar, agradecido, el árbol que le proporcionaba la fruta…

En una gran avenida vio cómo un automóvil adelantaba a otro hasta colocarse a su lado. El conductor sacó la cabeza para gritar lo inaudito. El otro le respondió al instante con palabras mayores y a mayor volumen. El primero no lo dejó acabar, y con las venas del cuello abultadas, le devolvió por triplicado los insultos. Ya iban a salir de sus respectivas trincheras para llegar al cuerpo a cuerpo  cuando una tempestad de bocinas se precipitó sobre ellos, obligándolos a continuar su camino sin dejar de piropearse.

Odreuc, que en ese momento recibía su peculio de una señora encopetada, alzó su voz para gritar como un profeta en aquel desierto de silencio:

– ¡Contemplad a los antropoides!  Asidos con sus extremidades al nuevo árbol, se disputan el territorio añorando los tiempos de la jungla.

Un joven que escuchaba con especial atención le preguntó pensando halagarle:

– ¿Es más feliz el que menos necesita?

– No. Estoy en contra de este axioma, me parece bobo – respondió el sorprendente Odreuc.

– ¿Cómo?

– Una piedra no necesita nada y mira cómo salta de felicidad.

– ¿Entonces…?

– Lleva siempre encendida la lámpara de la razón y escucha tu corazón hambriento de ternura.

– ¿Sólo así seré feliz?

– Si además consigues disfrutar del hondo placer de compartir, tu felicidad será completa.

Ódreuc era desconcertante, imprevisible. Los agentes lo detuvieron en varias ocasiones debido a sus excentricidades. Un verano se lo llevaron preso porque caminaba en medio de la calle llevando como única prenda su par de sandalias desgastadas.

Mientras le echaban una sábana por encima, el Comisario le preguntó por qué se mostraba desnudo ante la gente.

– No era mi intención ofender a nadie. Tenía calor; me sentía tan bien sin ropa, con el airecillo acariciando mi cuerpo envuelto en una sensación tan agradable…

– Podía haberse quedado al menos en ropas menores.

– ¿Cree usted que sería estético?

– No está bien que un hombre mayor como usted vaya escandalizando por la calle – le replicó  el Comisario.

– ¿Quiere decir de mi edad? ¿Un joven sí podría?

– Bueno…, cualquier persona; he dicho como usted por poner un ejemplo.

– ¿Cree, señor comisario, que la desnudez es una inmoralidad?

– Hombre, yo …

– Si no es malo,  ¿por qué me detienen?

– Pues…

– Ninguna señora es detenida por exhibir sus senos esplendorosos.

– En una playa se permite, pero en medio de la calle…

– La moralidad depende entonces del lugar, no del hecho en sí ¿verdad?

– Bueno, bueno, déjese de disquisiciones, yo me limito a cumplir la norma. Ya he mandado traerle sus ropas.

– Es usted muy amable, señor  – respondió humilde.

– Y no vuelva a hacer  lo mismo. ¿Enterado?

¿Qué edad podría tener nuestro Loco? No nos poníamos de acuerdo los que tuvimos la suerte de conocerlo. Tal vez cincuenta y tantos, sesenta… Era un hombre sin edad definida, o quizás con todas las edades del mundo a su espalda. A menudo  mostraba el tono grave de un anciano colmado de experiencia y otras veces aparecía vibrante y vital como un joven, candoroso como un niño.

Un día no volvimos a verlo más. Dicen que se quedó dormido bajo un puente… Mientras soñaba, seguro que iba discutiendo con el río para que no fuera tan deprisa. «¿No ves que debo despedirme antes de mis amigos, de mis árboles…?»

Los policías que en vida lo habían detenido más de una vez hallaron su chaqueta raída, y en ella un trozo de papel apenas legible:

“Somos parte insignificante de un grandioso tapiz

que sólo puede ser contemplado a la distancia de los siglos.

¿Qué manos elaboran el  bordado? ¿Es el azar?

Lo dudo.”

Así nos dejó Ódreuc.

Con un obsequio de su inteligencia en un trozo de papel arrugado.

La  luz de la mañana aleteaba en los altos edificios de la ciudad y recorría sus rincones, inquieta por no hallar lo que buscaba…

 

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